¿Nos ayuda a los abogados ser tan bien hablados?

Rojas Marcos dio una entretenida conferencia hace un par de semanas a los miembros de la asociación de antiguos alumnos de ESADE. En el marco de la misma dijo algo que me divirtió y creo tiene, mucho de cierto: “en medicina nos gusta ponerle a las cosas nombres que los demás no entienden, así podemos cobrar más“. Inmediatamente saltó mi chip jurídico, ese que me hace ver cómo algo que se afirma se haría o aplicaría a nuestro sector y me di cuenta que por lo general a nosotros los abogados también nos gusta ponerle nombres raros a las cosas y pensé sobre las razones que nos llevan a ello: ¿lo hacemos también para cobrar más? o ¿para parecer más cultos ante nuestros clientes? o ¿porque nuestra educación universitaria nos ha llevado por ese derrotero? o ¿para que el cliente no nos entienda y así le resulte más complicado evaluar realmente si le hemos o no prestado un buen servicio? o ¿por otras razones que no me he imaginado y que nos llevan a complicar tantas veces los mensajes que lanzamos?

Sea por el motivo que sea, la verdad es que muchas veces me he preguntado el significado de ciertos textos legales, que a pesar de mis años de estudio y lectura de textos jurídicos y no jurídicos, no he sido capaz de descifrar. Ilustro esto con un par de ejemplos reales: El primero lo he extraído de una carta que me remitió una entidad financiera de la que soy accionista. Se trata de una de esas entidades que cotiza en el IBEX y cuya comunidad de accionistas la formamos personas de todas las condiciones culturales, sociales, razas, idiomas y religiones. El texto (he sustituido las entidades bancarias mencionadas por XXX y ZZZ y los nombres de las personas por unas iniciales ficticias) decía así: “De acuerdo con las exigencias del Panel de Fusiones y Adquisiciones (Take=over panel) del Reino Unido, los miembros de la Comisión Ejecutiva de Banco XXX, D.X y D.Z (“las personas pertinentes”) aceptan responsabilidad de la información contenida en el presente escrito, sin embargo la única responsabilidad aceptada por las Personas Pertinentes respecto de la información contenida en el presente escrito referente a ZZZ, que se ha recopilado de fuentes publicadas, es la de asegurar la correcta y justa reproducción y presentación de dicha información. Sujeto a lo anteriormente dicho, al leal saber y entender de las Personas Pertinentes (los cuales han tomado las precauciones todas las precauciones razonables para garantizar que así sea el caso), la información contenida en el presente escrito concuerda con los hechos y no omite nada que pudiera afectar al significado de dicha información“.  

El segundo ejemplo lo he extraído (y transcrito exactamente como aparecía, sorprendentemente publicado con alguna que otra errata) de una revista jurídica que se vende en quioscos “…cuando entran en escena efigies como las uniones de empresas y los grupos holding (company organization), cuya creación y objetivos tiende a deformar la consideración de empresario, con acabamientos contrahechos, y el socave de normas cuyo soslayo se somorgujea a cobijo de una hipotética legalidad aparente de protección, mas, teleológicamente encarriladas a la consecución de objetivos falaces, fuera de legitimidad, trasvasando el hipotético rol ingenioso “a limine” tramado, desfigurando la identidad del empresario, esquivando su responsabilidad”.

Y me pregunto y os pregunto, ¿entendéis estos párrafos a la primera?, ¿cuántas lecturas os exige su comprensión?, ¿se podría haber dicho esto de otra forma? Fue Wittgenstein quien con enorme acierto dijo “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. ¿Será que quizás que los abogados pensamos que todas las personas habitamos el  mismo ¿mundo¿?, ¿no sería más realista aceptar que existen muchos ¿mundos¿? y que si queremos que nos entiendan -lo que parece un objetivo más que necesario cuando prestamos un servicio basado en la confianza que generamos en el cliente-,  quizás deberíamos analizar, antes de hablar o escribir, el “mundo” al que pertenece el destinatario al que nos dirigimos, aquél que necesita entendernos para depositar su confianza en nosotros.

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