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Lo que nadie me explicó en la universidad

En nuestra sociedad la palabra “servir” tiene una connotación negativa. Creo que nos chocaría a la mayoría que alguien nos llamara: “servidor” y sin embargo, cuando nuestras empresas se dedican al sector de los servicios, los profesionales que en ellas trabajamos deberíamos entender que somos “servidores” de nuestros clientes.

Los abogados somos prestadores de servicios, profesionales que asistimos a través de una prestación inmaterial (según la RAE “prestar” significa: “Ayudar, asistir o contribuir al logro de algo” y “servicio” significa: “Prestación humana que satisface alguna necesidad social y que no consiste en la producción de bienes materiales”).

En numerosos foros en los que se discute sobre el talento actual y sobre sus características se escucha a menudo decir que los jóvenes no tienen espíritu de sacrificio, que no entienden la cultura del esfuerzo. Quizás sea difícil inculcar a nuestros jóvenes esa cultura; la mayor parte de las cosas les resultan fácilmente alcanzables, así que es lógico que resulte difícil convencer a quienes realmente no han tenido necesidad de esforzarse en exceso de que, de pronto lo tienen que hacer. Desaprender, según me ha explicado un amigo psiquiatra, requiere cuatro veces más esfuerzo que aprender y nuestros jóvenes han aprendido a vivir bien y por lo general, no aparecen en sus vidas razones que hagan absolutamente indispensable desaprender a hacerlo.

Por ello, mi propuesta es que en lugar de poner el énfasis en que se esfuercen, lo pongamos en otra cara de la misma moneda, cuyo fruto sería también muy favorable: servir. Me explico: cuando estudié Derecho jamás en los cinco años de carrera nadie me dijo que los departamentos de asesoría jurídica están considerados en las empresas como  horizontales, áreas de “apoyo”, concebidas para ayudar a hacer mejor el trabajo de otros.  Tampoco me explicaron nunca que para ser un buen abogado, lo más importante es servir bien a los clientes, ni que para ser un buen funcionario, lo más importante es dar un buen servicio público. En resumen: que yo me creí que hacía Derecho para saber mucho de leyes y que sí sabía de ellas, tendría éxito. Nadie me habló de la importancia de ser una buena “servidora”.

Hoy, con años de experiencia a mis espaldas, tengo una pregunta para los que me formaron, ¿porque ninguno de ellos me explicó algo tan importante? Tengo además una propuesta para los que formamos a otros: enseñemos a los más jóvenes que servir es bueno, que ser servicial tiene muchas ventajas. Quizás esos nuevos planes de estudios -que Bolonia está trayendo consigo- ya incluyan una asignatura en la carrera dedicada a hablar de la actividad económica del sector de los servicios profesionales, de sus características principales (no sólo las de los despachos y asesorías, sino también las de las asesorías jurídicas de empresa y las de los servicios públicos de naturaleza legal), de sus actores más exitosos y de las razones de su éxito, pero si no es así, ¿no sería interesante su introducción?

Está en nuestras manos, servir  mejor, a los más jóvenes, enseñándoles por ejemplo, la importancia y el valor de ser servicial.

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