La importancia de llamarse Ernesto

Al leer el título del post algunos habréis pensado que hoy voy a hablar de honestidad, cualidad a la que hace alusión el título original de la obra escrita por Oscar Wilde “The Importance of Being Earnest”, pero no, hoy vamos a hablar de la importancia de los títulos o cargos profesionales en las empresas.   La profesionalización de la gestión de los despachos de abogados es aún muy reciente, no ha cumplido en España ni siquiera un decenio. Sólo hace unos siete años que los despachos de abogados españoles que habían alcanzado un tamaño grande y algunos de los medianos, pudieron permitirse el lujo de contratar a profesionales para apoyarles en el logro de objetivos tan importantes como: encontrar nuevos clientes, tener más visibilidad en los medios de comunicación, disponer de buenas herramientas de comunicación corporativa y/o interna, etc. Objetivos relacionados con una o más de las áreas de la comunicación, el marketing, el desarrollo de negocio y/o las relaciones institucionales.

En algunos casos la solución que se encontró para responder a estas nuevas necesidades, fue ofrecer a algún abogado -cuya carrera como tal no era clara, si bien sí lo era su compromiso y buen conocimiento de la firma-, la posibilidad de “reciclarse” a través de la asunción de determinadas tareas de las llamadas “de apoyo”, como las de comunicación, marketing o desarrollo de negocio.

Quizás por el carácter novedoso de estos puestos (cuyas responsabilidades se iban definiendo poco a poco, según iban surgiendo las nuevas necesidades); quizás también porque en algunos casos, los propios profesionales, (que como he indicado habían pasado del mundo del Derecho a otros mundos ¿igual de apasionantes- como son los del marketing, la comunicación y las relaciones públicas; sin tener por tanto ni experiencia previa ni conocimientos técnicos), no tenían muy claro cuál debía ser el contenido de sus funciones; el caso es que la realidad mostraba una auténtica variedad de títulos (por poner algunos ejemplos: Director de Desarrollo de Negocio, de Marketing, de Comunicación, de Relaciones Institucionales, de Desarrollo Corporativo, Office Manager) y en muchos casos, una auténtica dicotomía entre: 1) El título de la tarjeta de visita de los profesionales, 2) Lo que comúnmente podría entenderse que una persona con ese título hace en una empresa y 3) lo que en la práctica estaban haciendo esos profesionales en sus despachos. Así me he encontrado con más de un profesional, cuya labor consistía casi exclusivamente en gestionar las relaciones con los medios de comunicación (algo que normalmente en las empresas se llama Jefe de Prensa o Director de Comunicación) y sin embargo, te entregaba una tarjeta con el título de Director de Marketing. También me he encontrado con profesionales cuyo rol esencial consistía en preparar “pitches” (esas presentaciones que se preparan para competir en un “concurso” en el que un cliente selecciona despacho para un asunto/s) y cuyas tarjetas decían “Director de Marketing”.

El tema de los títulos no tendría mayor importancia si no fuera porque trabajamos en un contexto, en un mercado en el que a diario hablamos con profesionales de otros sectores, que ostentan cargos como los nuestros y porque leemos ofertas de empleo para cargos como el nuestro y porque todos o casi todos queremos progresar profesionalmente. También porque estos puestos exigen por lo general mucha relación con personas ajenas a la organización e interesa que éstas traten con quien deben tratar. Por ello, pienso que los títulos son importantes y que identificar a los profesionales con los títulos más adecuados para sus funciones ayuda como mínimo a:

1) Tener profesionales más contentos porque entienden mejor sus puestos y lo que de ellos se espera;

2) Lograr que nuestros abogados estén más satisfechos porque entienden mejor lo que pueden esperar de los profesionales que forman sus equipos de apoyo;

3) Conseguir que los terceros (proveedores de publicidad, periodistas, instituciones colaboradores, etc.) sepan a quién dirigirse para cada cosa y se dirijan a quien deben,  logrando así ser más eficientes.

En conclusión, creo que el debate de los títulos no es un debate estéril. Por el contrario, dentro de las organizaciones (y sobre todo cuando éstas crecen) es importante llamar a las cosas por su nombre, el nombre que todos, los de dentro y los de fuera, mejor entiendan; aquél que más motive al trabajador y el que permita así que las cosas funcionen.  

En todo caso, mi impresión sobre la evolución de este tema es optimista. Pienso que, la cada vez mayor madurez del proceso de “profesionalización de la gestión en los despachos de abogados”, está trayendo consigo que poco a poco estas divergencias entre los títulos o cargos y lo que hacen los profesionales de apoyo en sus despachos, coincida cada vez más con lo que normalmente entiende la gente, que hace alguien en una empresa cuando ostenta esos títulos o cargos. No me gusta la “titulitis”, pero creo que en colectivos de profesionales, son útiles y me alegra ver que cada vez más los títulos se otorgan a quién va a ejercer de tal, a quien puede y quiere sacar adelante una serie de proyectos que exigen un mínimo de experiencia y conocimientos y a quien además la organización decide asignar la responsabilidad y recursos para hacer un buen trabajo.

Si se ejerce de “Ernesto”, es importante y útil que te llamen “Ernesto”, ¿no crees?

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